Cézanne y París

 

COMMISSARIADO

 

Comisariado general :

Gilles Chazal, director del Petit Palais, Museo de Bellas Artes de la Ciudad de París

 

Comisariado científico :

Denis Coutagne, conservador honorario del patrimonio, Presidente de la Sociedad Paul Cézanne

Maryline Assante di Panzillo, conservadora del patrimonio en el departamento de Pinturas, Petit Palais, Museo de Bellas Artes de la Ciudad de París

 

PRESENTACION DE LA EXPOSITION

 

Aunque se suele asociar Cézanne (1839-1906) a la Provenza, no se puede limitarle a ésta. Más de la mitad de su tiempo, desde el momento en que se dedica a la pintura, transcurre en París y en la región parisina. ¡Realiza el viaje de Aix a París más de veinte veces! Por supuesto, los motivos por los que acude no son los mismos con veinte y con sesenta años. Tras 1890, el artista ya mayor, todavía inseguro de su obra (al final de su vida escribió “hago lentos progresos”) se retira a orillas del Marne o cerca de Fontainebleau, para pintar unos apaciguados paisajes, cuando no son retratos de un marchante o de un crítico. Ya no es el joven que ambiciona “conquistar” París, con la voluntad de ingresar en la Escuela de Bellas Artes y de presentar sus obras en el Salón. En París, Cézanne se enfrenta tanto a la tradición como a la modernidad. Empleando el vocabulario de Zola, encuentra las “fórmulas” de la nueva pintura, antes de explotarlas en Provenza. Las idas y vueltas entre la Provenza y la Isla de Francia se vuelven constantes, aunque a un ritmo distinto. En cualquier caso, tras 1890, los críticos, los marchantes, los coleccionistas, empiezan a interesarse por su obra. Cézanne se muestra atento a este reconocimiento que tan solo puede proceder de París. De modo que estampa ante todo su sello en el arte moderno: de los post-impresionistas a Kandinsky, la vanguardia le considera como un precursor, “el padre de todos nosotros”, según la frase de Picasso.

 

El recorrido de la exposición, que presenta cerca de 80 obras, se desglosa como a continuación:

 

 “Subir” a París siguiendo los pasos de Zola

Empujado y apoyado por Zola, amigo conocido en Aix, en el instituto de enseñanza Bourbon, ya instalado en París, Cézanne llega a la capital en 1861, contra la voluntad de su padre, para ser “artista”. Frecuenta la Academia Suisse donde conoce a otros pintores como Pissarro y Guillaumin, con los que estrecha una amistad. París, donde impera el academicismo mediante el Salón, es entonces el lugar de la revuelta y de la vanguardia. Durante estos años de estudios, integra tanto las tradiciones antiguas como modernas: sus cuadernos de dibujo dan fe de una mirada atenta sobre los grandes maestros de la pintura (Rembrandt, Poussin, Delacroix...) y de la escultura antigua, clásica y barroca (con copias de Miguel Ángel y Puget principalmente). Participa, a la vez, en el movimiento impresionista, sin verdaderamente adherir a él. Aunque se haya construido de un punto de vista pictórico en París, donde regresa hasta 1905, Cézanne va al fin y al cabo representar poco la ciudad en su obra. Nunca evoca los lugares famosos, sino que dibuja lo que ve por su ventana o desde una terraza en los tejados... Pero tiene que haber una excepción, será el cuadro La Rue des Saules [La calle de los sauces]. Cézanne colocó su caballete en una calle de Montmartre, pero la calle está desierta...

 

París, el extrarradio de la ciudad, por Auvers

Instalado en la capital, Cézanne se desplaza constantemente por ella (se le conoce cerca de veinte direcciones diferentes) y por el exterior. Trabaja la pintura de paisaje, al aire libre, “a partir del motivo”, siguiendo la escuela de pintores como Pissarro y Guillaumin, quienes participan en el movimiento impresionista. Pretenden reanudar con la tradición del paisaje tras Courbet, Corot y los pintores de Barbizon que mediante el campo parisino, querían representar una cierta identidad francesa. Pero muy pronto Cézanne se impone como un maestro que hace “del impresionismo algo sólido y sostenible, como el arte de los museos”. Su expresión es el cuadro Le pont de Maincy [El puente de Maincy], alrededor de los años 1880.

 

La Tentación de París

Como para Courbet o Renoir, el desnudo es una de las principales preocupaciones de Cézanne. Pinta varias versiones de La Tentation de saint Antoine [La Tentación de san Antonio] entre 1870 y 1877, probablemente después de leer a Flaubert. Durante los mismos años, se multiplican los cuadros de carácter erótico: Une Moderne Olympia [Una moderna Olympia], L’Orgie [La Orgía], La Lutte d’amour [La lucha de amor]… Posteriormente, según el testimonio del marchante de arte Vollard, Cézanne trabaja en un gran lienzo de Bañistas, momento en el que ejecuta su retrato, en 1899: ya no busca la dimensión erótica del cuerpo, sino que construye una nueva expresión del desnudo e inventa su propio lenguaje pictórico.

 

Posar como una manzana. Bodegones y retratos

Para Cézanne, la “naturaleza muerta” es un motivo como cualquier otro. Equivalente a un cuerpo humano o a una montaña, se presta particularmente bien a investigaciones sobre el espacio, la geometría de los volúmenes, la relación entre colores y formas: “Cuando el color adquiere su riqueza, la forma alcanza su plenitud”, decía el artista. De los cerca de 1000 cuadros repertoriados, unos 200 son bodegones. A veces asociados con temas eróticos o retratos, “hablan” tanto de París como lo haría un paisaje. Entre estos retratos, cuyas telas de fondo representan a menudo papeles pintados, se encuentran los amigos emblemáticos de las estancias parisinas: Victor Chocquet, su primer coleccionista, o Ambroise Vollard, “El” marchante que organiza sus primeras exposiciones.

 

Los caminos del silencio

A partir de 1888, Cézanne realiza varias estancias en región parisina, tras haberse quedado varios años en Provenza (de 1882 a 1888). Aunque vaya a pintar un verano más allá de Auvers, a Montgeroult, aunque visite a Monet en Giverny en 1894, sus lugares de predilección, en estos años 1890, son las orillas del Marne alrededor de Maison-Alfort o Créteil, y la zona de Fontainebleau hasta Barbizon o Marlotte. El río le encanta. En él encuentra frescor, tranquilidad y serenidad y sus lienzos comunican el “silencio” de la naturaleza. En París, los tonos se apaciguan en torno a azules y verdes, mientras que en Provenza, trabaja la sinfonía de los oros de las series de la montaña Sainte-Victoire. Tras conquistar su espacio propio, en la capital y adquirir el dominio de su arte, se retira definitivamente en las tierras provenzales, por las que su apego no ha dejado de crecer.

 

Una exposición del Museo del Luxemburgo (Senado) organizada por la Rmn-Grand Palais, en colaboración con el Petit Palais, Museo de Bellas Artes de la Ciudad de París. Esta exposición se beneficia de préstamos excepcionales del Museo de Orsay.